Pedro Herrero

Tras el corazón del pingüino

Me asombro ante lo rematadamente tonta que hay que ser para lanzarse a la charca del feminismo punitivo que por no tener no tiene ya ni votos

AM-Montero insiste en que presunción de inocencia no va a impedirle rechazar que se dude de víctimas de agresion sexual
AM-Montero insiste en que presunción de inocencia no va a impedirle rechazar que se dude de víctimas de agresion sexualEuropa Press

Si más de mil violadores liberados te han dado las gracias por tu trabajo, a Irene Montero «Pim» y Ángela Rodríguez «Pam» les plantearía cómo les queda lo de ponerse al frente de la manifestación ante una sentencia absolutoria. Digo lo mismo sobre haber formado parte de la ejecutiva de aquella triente «Nosotras» formada por Iglesias, Errejón y Monedero. Justicia fascista, machista y patriarcal es que de los cuatro magistrados que han absuelto a Dani Alves por unanimidad, tres sean mujeres. De esas tres mujeres, dos sean progresistas. Y de hecho, una de ellas sea de Jueces y Juezas para la Democracia. La frase no es mía si no de la comunidad de notas del tuiter, que es de lo mejor que nos ha pasado en democracia.

Ayer la de Igualdad denunció en rueda de prensa a su marido y amigos diciendo que un beso sin consentimiento era una agresión sexual. Y hoy la Mari, orgullosa sanchista crepuscular, se echa una carrerita hacia el barranco, que matiza señalando que el problema de la violencia sexual en España es que, tururú, los pepeiros son unos hijos de puta. A mí, que soy un cabrón con pintas, se me ocurren diez formas fáciles de pintarle en la cara un cuadro de Romero de Torres al que afirme que hay que acabar con la presunción de inocencia. Y yo me asombro ante lo rematadamente tonta que hay que ser para lanzarse a la charca del feminismo punitivo que por no tener no tiene ya ni votos.

Conversando sobre el final del amor y otras desgracias me explican que nadie insulta como Liddell, que al parecer se ha cascado un monólogo de 5 horas haciéndole vudú a un ex. Las mujeres que se divorcian en la Barcelona de los hombres malos van allí a llorar y hacer catarsis. Tengo miedo de que ellas se deshidraten y de que a ellos, a los hombres solitarios y especialmente a los jóvenes, se les confirme que no hay perdón que valga. Que no toca otra que retribuir todo el dolor sufrido bajo el monólogo de insultos. Alimentadas por la emoción de una posible venganza suben en picado las visualizaciones de los influencers que se dedican a rascar en la herida y excitar el rencor masculino. Y yo, que sé dónde acaba esa película de terror, quisiera decirles que no hay lugar mejor que el abrazo a largo plazo de una mujer a quien amas.

No me quito de en medio, sé que antes de ellos fue mi generación quienes destruimos la construcción del deseo follando todos en la primera cita. Empujamos a las mujeres a masculinizar sus relaciones sexuales, obligados por nosotros mismos a tener un sexo cada vez más rápido, accesible y peor. Progreso del feminismo que celebramos colocando junto a un cepillo eléctrico un robot succionador en forma de pingüino con chistera que permitiría darse más orgasmos sola. Y a esa forma final de la civilización lo llamaríamos, con palabras sensatas, modernas y horteras, una liberación.

En una charla sobre la destrucción sentimental de los jóvenes, delante de cincuenta curas amables tuve la ocurrencia de expresar que vivíamos en una crisis de infidelidad. No hay ya suficientes hombres y mujeres que se pongan los cuernos al no existir ya ni la voluntad de comprometerse. Así que digamos lo que ya sabemos, el sexo y el amor entre personas es un caos doloroso de belleza salvaje y nunca pudo caber en un recurso a resolver por la administración, en el artículo de una ley, o en una idea política miserable sobre la que construir un movimiento. Si, al contrario que el del pingüino instintivamente monógamo el corazón del ser humano está roto entre su amor y su deseo, tras esta tormenta antropológica de estupidez a lo único que deberíamos aspirar es a una comunidad que se reintegre, en la que se encuentren esposas y maridos sensatamente imperfectos, capaces de pedir perdón y llorar abrazados en la madrugada fría de un hogar en el que ponerse juntos en pie tras cada tropiezo.